lunes, 11 de mayo de 2009

Baco

Me dirijo a todos ustedes, a quien quiera leer mis palabras. Me dirijo buscando la absolución en la opinión pública, donde mis justificaciones toman el valor que la corte les ha negado en instancia de juicio.
Mi nombre es Baco y hace cinco días fui declarado culpable y condenado a 6 años de prisión efectiva. ¿El cargo? Tortura y asesinato de un gato. Se que hoy esta respuesta suena casi cotidiana teniendo en cuenta las recientes conquistas históricas en los derechos de los animales, pero créanme todos los jóvenes: a los pocos de mi generación que nos mantenemos lúcidos, todavía nos provoca una gracia singular.
Desde un primer momento me declaré culpable, nunca quise ocultar ni disfrazar mis actos. Mi única defensa (contra la insistencia de todos los abogados) fue explicar mi crimen como un desesperado acto en búsqueda de la felicidad. ¿Acaso les parece un argumento débil? Vivimos paso a paso buscando la felicidad, escondiéndonos hipócritamente en el bien común. Simplemente cada uno la encuentra a su manera.
Me llamarán anticuado, pero yo encuentro la felicidad en mi relación con otros, algo antiguo, casi arcaico en estos años; lo que hace, entre otras cosas, que el destino de esta carta misma, sea indefectiblemente la indiferencia.
Toda mi vida la viví rodeado de gente más feliz que yo. Siempre contemplé con envidia sus enormes sonrisas, sus ropas costosas, sus elegantes rostros preocupados o sus enojos de increíble relevancia, dependiendo el caso. Mi jefe, mi mujer, mis hijos, mis amigos, mis clientes… Toda la gente a mi alrededor parecía llena de vida aprovechándose de mi, disfrutando a costa de mi humillación y falta de carácter.
Nunca se me ocurrió obrar de la misma manera. No sólo me sentía incapaz sino que no lograba comprender cómo convertían mis tan profundas tristezas en fuentes de orgullo y felicidad.
Quizás un poco tarde, pero mi reacción finalmente llegó. Sí, tomé uno de los pocos casos a mi alrededor que considero inferior a mi en todo sentido, que puedo dominar, manipular a gusto, y lo usé como nunca antes había hecho. No sólo lo torturé hasta la muerte. Les encantaría haber presenciado semejante espectáculo. Un sadismo y perversión que no conocía en mí mismo, salieron a relucir como ave hambrienta que reconoce su presa. Al terminar mi obra, mi cuerpo, mente, alma, se fundieron en un estado desconocido para mí hasta ese momento.
Y, ¿saben qué? Viendo el mundo que hoy me rodea, el mismo mundo que nos abraza a todos, el que hemos convertido en lo que nos convierte en esto día a día, tengo que reconocerlo: toda la gente que me rodeó durante una vida no estaba tan equivocada.

lunes, 20 de abril de 2009

Los chicos que nacieron viejos

Caminaba hoy por la calle Rivadavia, a la altura de Membrillar, cuando vi en una esquina a un muchacho con cara de "jovie"; la punta de los faldones del gabán tocándole los zapatos; las manos sepultadas en el bolsillo; el "fungi" abollado y la grandota nariz pálida como lloviéndole sobre el mentón. Parecía un viejo, y sin embargo no tendría más de veinte años... Digo veinte años y diría cincuenta, porque esos eran los que representaba con su esgunfiamiento de mascarón chino y sus ojos enturbiados como los de un antiguo lavaplatos. Y me hizo acordar de un montón de cosas, incluso de los chicos que nacieron viejos, que en la escuela ya...

Esos pebetes...esos viejos pebetes que en la escuela llamábamos "ganchudos" -¿por qué nacerán chicos que desde los cinco años demuestran una pavorosa seriedad de ancianos?- y que concurren a clase con los cuadernos perfectamente forrados y el libro sin dobladuras en las páginas.

Podría asegurar, sin exageración, que si queremos saber cuál será el destino de un chico no tendremos nada más que revisar su cuaderno, y eso nos servirá para profetizar su destino.

Problema brutal e inexplicable porque uno no puede saber qué diablos es lo que tendrá ese nene en el "mate"; ese nene que a los quince años va al primer año del colegio nacional enfundado en un sobretodo y que hasta mezquino y tacaño de sonrisa resulta, y después, algunos años mas tarde, lo encontramos y siempre serio nos bate que estudia de escribano o de abogado, y se recibe, y sigue serio, y está de novio y continua sobrio como un Digesto Municipal; y se casa, y el día que se casa, cualquiera diría que asiste al fallecimiento de un señor que dejó de pagarle los honorarios...

No se hicieron la rata. ¡Nunca se hicieron la rata! Ni en el colegio ni en el nacional. Demás esta decir que jamás perdieron una tarde en el café de la esquina jugando al billar. No. Cuando menos o cuando más, o a lo más, las diversiones que se permitieron fue acompañar a las hermanas al cine, no todos los días, sino de vez en cuando.

Pero el problema no es éste de si cuando grandes jugaron o no al billar, sino por qué nacieron serios. Los culpables, ¿quienes son; el padre o la madre? Porque hay purretes que son alegres , joviales y burlones, y otros que ni por broma sonríen; chicos que parecen estar embutidos en la negrura de un traje curialesco, chicos que tienen algo de sótano de una carbonería complicado con la afectuosidad de un verdugo en decadencia. ¿A quienes hay que interrogar? ¿A los padres o las madres?

Fijándose un poco en los susodichos nenes, se observa que carecen de alegría como si los padres, cuando los encargaron a París, hubieran estado pensando en cosas amargas y aburridas. De otra forma no se explica esa vida esgunfiada que los chicos almacenan como un veneno echado a perder.

Y tan echado a perder que pasan entre las cosas de la creación con gesto enfurruñado. Son tipos que únicamente gustan de las mujeres, del mismo modo que los cerdos de las trufas, y en sacándolos de eso no baten ni medio.

Sin embargo las teorías más complicadas fallan cuando se trata de explicar la psicología de estos menores. Hay señoras que dicen, refiriéndose a un hijo desabrido:
-Yo no sé a quien sale tan serio. Al padre no puede ser, por que el padre es un badulaque de marca mayor ¿a mi? A mi tampoco.

Chicos pavorosos y tétricos. Chicos que no leyeron nunca el Corsario Negro, ni Sandokan. Chicos que jamás se enamoraron de la maestra; chicos que tienen una prematura gravedad de escribano mayor; chicos que no dicen malas palabras y que hacen sus deberes con la punta de la lengua entre los dientes; chicos que siempre entraron a la escuela con los zapatos perfectamente lustrados y las uñas limpias y los dientes lavados; chicos que en la fiesta de fin de año son el orgullo de las maestras que los exhiben con sus peinados a la cola y gomina; chicos que declaman con énfasis reglamentado y protocolar el verso A mi bandera; chicos de buenas calificaciones; chicos que del nacional van a la universidad, y de la universidad al Estudio; y del Estudio a los Tribunales, y de los Tribunales a un hogar congelado con esposa honesta, y del hogar con esposa honesta y un hijo bandido que hace versos, a la Chacarita...¿Para qué habrán nacido estos hombres serios?
¿Se puede saber? ¿Para que habrán nacido estos menores graves, estos colegiales adustos?
Misterio. Misterio.

Extracto de "Aguafertes Porteñas" (Roberto Arlt, 1900-1942)

lunes, 30 de marzo de 2009

(…) Durante años había escrito sobre la arquitectura norteamericana y su enfermedad funcional: la de que era imposible distinguir los nuevos colegios de las nuevas cárceles de los nuevos hospitales de las nuevas fábricas de los nuevos aeropuertos. Distintas instituciones eran reemplazadas por una institución. Sí, y la ironía consistía en que esa cárcel de Occoquan era arquitectónicamente más agradable que muchas universidades de Estado que había visto, o que muchos colegios. Es probable que no existiera en el mundo mayor impotencia que la de saber que uno estaba en lo cierto y que la ola del mundo estaba equivocada, y sin embargo la ola seguía creciendo. Inundaciones de arquitectura totalitaria, supercarreteras totalitarias, humo y neblina totalitarios, alimentos totalitarios (sí, congelados), comunicaciones totalitarias - el terror, para un hombre tan conservador como Mailer, era que el nihilismo pudiese ser la única respuesta para el totalitarismo. La máquina funcionaría moliendo al hombre de la masa y a sus guerras surrealistas, hasta que la máquina se rompiera. Para ello harían falta nihilistas. Pero por otra parte, nada era peor que el nihilismo que no lograba triunfar- porque entonces resultaría acelerado el totalitarismo. (…)

Fragmento de "Los ejércitos de la noche" (Norman Mailer, escritor estadounidense 1923 - 2007)

martes, 24 de marzo de 2009

Remo

Ya de chico Remo no encajaba en los parámetros sociales de “normalidad”. Si bien su indisciplina era constante y su relación con otros nenes de su edad no era la más recomendable, nada preocupó demasiado a sus padres hasta los diez años de edad.
En ese año, un muy estimulante juego en el colegio se basaba en preguntarle a cada alumno sobre un sueño para el futuro: ser jugador de fútbol, astronauta, un genio de computación como su papá, cuántas respuestas ocurrentes. Ninguna tan sorpresiva como la de remo: “Dormir y no despertar jamás”. No es extraño entender la preocupación inmediata de su maestra, luego de la directora y finalmente, llegada la noticia a sus padres, la desesperación total.
A partir de entonces, la vida de Remo giró en torno al mejor tratamiento adecuado para su evidente locura. De cuidado en cuidado, de especialista en especialista, de clínica en clínica. Ya en la adolescencia los cambios empezaron a notarse y con esto, sus padres a tranquilizarse. Sin embargo, el tratamiento jamás cesó y sus efectivos cambios tampoco.
Poco a poco Remo se sintió cada vez más a gusto con el mundo que le tocaba vivir. Con el tiempo empezó a trabajar en la empresa de su padre y para sorpresa de todos, como un empleado ejemplar. También en la Universidad su rendimiento era sobresaliente y aquel turbio pasado fue olvidándose, no sólo por él sino por toda su familia.
Ya de grande, casado y con hijos, se hizo cargo del trabajo de su padre y con esto consiguió la tranquilidad y seguridad para sus queridos que hace tiempo venía anhelando. Ya no habría sobresaltos. Cada día llegaría a su casa, se recostaría en su sillón, vería un poco de televisión y esperaría a dormir para nuevamente ir al trabajo y poder afianzar esta seguridad que tanto lo apartaba de sus tempranas inquietudes.
Un día cualquiera (podría haber sido hoy, ¿qué diferencia habría?) sentado en su sillón, tan cansado como de costumbre, una sonrisa lo sorprendió en su cara. ¿Qué sería esa tan inapropiada mueca que amenazaba esos tan serios rasgos que con el tiempo había logrado desarrollar? Molesto con él mismo, luchó inútilmente para que el gesto se vaya de su cuerpo. Pero la sonrisa parecía desafiarlo hasta estallar en jocosos exabruptos y finalmente en carcajadas. Remo intentó combatir su estado de ánimo con todas las fuerzas que le quedaban a esa altura de la vida, hasta que comprendió que su derrota era obvia e inminente. Por primera vez en tanto tiempo, recordó sus primeros años de vida, tan lejanos y olvidados, y comprendió por qué su alma se reía de él. De una manera muy extraña, su sorprendente sueño de la niñez se había cumplido.

La Condena de Caín

miércoles, 11 de marzo de 2009

El profeta

El profeta subió al estrado confiado en que estaba por pronunciar el más sincero de sus discursos. Allí abajo, la multitud lo aclamaba. Hace años que recibían la palabra del salvador como un grito esperanzador. Posiblemente, era lo único que los mantenía unidos. Los tiempos eran difíciles: la comida escaseaba para la mayoría y las enfermedades se propagaban indescifrablemente. Sin embargo, cuando su ánimo estaba por derramarse y la guerra civil era inevitable, siempre aparecía él. Su lengua sabía envolver dulcemente todo lo que los hacía propios y se los devolvía como un manto de paja en el cual caer en los peores momentos. Usualmente, las grandes proclamas concluían con un tono elevado de voz y unas frases de efectividad tal que resultaba imposible para el más escéptico del pueblo no ponerse de pie y aplaudir rabiosamente. Minutos después, con el acto concluido, la gente se retiraba a sus casas olvidando toda esa locura previa, todo ese desconcierto provocado sólo cuando ya no se puede estar más abajo. La desesperación que sólo puede conocer quien la sintió más hondamente, se escondía suavemente bajo la esperanza irreprochable que la voz del profeta estimulaba.
Pero esta vez él y sólo él sabía que este discurso no sería como los anteriores. Esta vez su mensaje sería claro y sin miramientos. Sólo temía no tener el valor para obrar apropiadamente, pero tentar a su cobardía era la única esperanza.
Como dichas por el mismo en algún otro tiempo, las palabras salieron solas de su boca, con la armonía y lucidez que la ocasión ameritaba. Él mismo llegó a sorprenderse por lo poético de sus dichos. Los conceptos no eran diferentes a los de otras oportunidades, pero por alguna razón, esta vez lograba expresarlos con una sensibilidad inhabitual.
Destruir todo lo conocido que nos adormece, buscar la verdadera libertad, quebrar con todo aquello que nos ata, el pensamiento crítico como bandera única de la revolución. El pueblo estallaba con cada proclama que se clavaba hondamente en sus corazones. Sin más, la frase final despertó un estallido que casi no dejó oír sus últimas palabras.
Ante el griterío y clamor popular, el profeta se acercó un poco más a su gente, como solía hacer después de cada uno de sus discursos para saludar. Cientos de manos se alzaban en lo alto para alcanzarlo a pesar de estar a metros de distancia. Fue entonces cuando retrocedió unos pasos, sacó un arma, y con un hondo disparo silenció a la multitud terminando con su propia vida.

La Condena de Caín

jueves, 26 de febrero de 2009

Creo que en general deberíamos leer sólo libros que nos muerdan y nos pinchen. Si un libro no nos despierta de un golpe en la cabeza, ¿para qué leerlo? ¿Para ser felices, como escribes tú? Mi Dios, seríamos completamente felices si no tuviéramos libros, y los libros que nos hicieran felices podríamos en rigor escribirlos nosotros mismos. Necesitamos, en cambio, libros que obren sobre nosotros como una desgracia que nos doliera mucho, como la muerte de alguien que amásemos más que a nosotros mismos, como si fuéramos condenados a vivir en los bosques lejos de todos los hombres, como un suicidio: un libro debe ser el hacha para el mar helado dentro de nostros.

Franz Kafka (escritor checoslovaco 1883 - 1924)
Carta a Oskar Pollak (27/01/1904)

miércoles, 18 de febrero de 2009

Deutsches Requiem

Aunque él me quitare la vida, en él confiaré.
Job 13:15

Mi nombre es Otto Dietrich zur Linde. Uno de mis antepasados, Christoph zur Linde, murió en la carga de caballería que decidió la victoria de Zorndorf. Mi bisabuelo materno, Ulrich Forkel, fue asesinado en la foresta de Marchenoir por francotiradores franceses, en los últimos días de 1870; el capitán Dietrich zur Linde, mi padre, se distinguió en el sitio de Namur, en 1914, y, dos años después, en la travesía del Danubio[1]. En cuanto a mí, seré fusilado por torturador y asesino. El tribunal ha procedido con rectitud; desde el principio, yo me he declarado culpable. Mañana, cuando el reloj de la prisión dé las nueve, yo habré entrado en la muerte; es natural que piense en mis mayores, ya que tan cerca estoy de su sombra, y a que de algún modo soy ellos.
Durante el juicio (que afortunadamente duró poco) no hablé; justificarme, entonces, hubiera entorpecido el dictamen y hubiera parecido una cobardía. Ahora las cosas han cambiado; en esta noche que precede a mi ejecución, puedo hablar sin temor. No pretendo ser perdonado, porque no hay culpa en mí, pero quiero ser comprendido. Quienes sepan oírme, comprenderán la historia de Alemania y la futura historia del mundo. Yo sé que casos como el mío, excepcionales y asombrosos ahora, serán muy en breve triviales. Mañana moriré, pero soy un símbolo de las generaciones del porvenir.
Nací en Marienburg, en 1908. Dos pasiones, ahora casi olvidadas, me permitieron afrontar con valor y aun con felicidad muchos años infaustos: la música y la metafísica. No puedo mencionar a todos mis bienhechores, pero hay dos nombres que no me resigno a omitir: el de Brahms y el de Schopenhauer. También frecuenté la poesía; a esos nombres quiero juntar otro vasto nombre germánico, William Shakespeare. Antes, la teología me interesó, pero de esa fantástica disciplina (y de la fe cristiana) me desvió para siempre Schopenhauer, con razones directas; Shakespeare y Brahms, con la infinita variedad de su mundo. Sepa quien se detiene maravillado, trémulo de ternura y de gratitud, ante cualquier lugar de la obra de esos felices, que yo también me detuve ahí, yo el abominable.
Hacia 1927 entraron en mi vida Nietzsche y Spengler. Observa un escritor del siglo XVIII que nadie quiere deber nada a sus contemporáneos; yo, para libertarme de una influencia que presentí opresora, escribí un artículo titulado Abrechnung mit Spengler, en el que hacía notar que el monumento más inequívoco de los rasgos que el autor llama fáusticos no es el misceláneo drama de Goethe[2] sino un poema redactado hace veinte siglos, el De rerum natura. Rendí justicia, empero, a la sinceridad del filósofo de la historia, a su espíritu radicalmente alemán (kerndeutsch), militar. En 1929 entré en el Partido.
Poco diré de mis años de aprendizaje. Fueron más duros para mí que para muchos otros ya que a pesar de no carecer de valor, me falta toda vocación de violencia. Comprendí, sin embargo, que estábamos al borde de un tiempo nuevo y que ese tiempo, comparable a las épocas iniciales del Islam o del Cristianismo, exigía hombres nuevos. Individualmente, mis camaradas me eran odiosos; en vano procuré razonar que para el alto fin que nos congregaba, no éramos individuos.
Aseveran los teólogos que si la atención del Señor se desviara un solo segundo de mi derecha mano que escribe, ésta recaería en la nada, como si la fulminara un fuego sin luz. Nadie puede ser, digo yo, nadie puede probar una copa de auga o partir un trozo de pan, sin justificación. Para cada hombre, esa justificación es distinta; yo esperaba la guerra inexorable que probaría nuestra fe. Me bastaba saber que yo sería un soldado de sus batallas. Alguna vez temí que nos defraudaran la cobardía de Inglaterra y de Rusia. El azar, o el destino, tejió de otra manera mi porvenir: el primero de marzo de 1939, al oscurecer, hubo disturbios en Tilsit que los diarios no registraron; en la calle detrás de la sinagoga, dos balas me atravesaron la pierna, que fue necesario amputar[3]. Días después, entraban en Bohemia nuestros ejércitos; cuando las sirenas lo proclamaron, yo estaba en el sedentario hospital, tratando de perderme y de olvidarme en los libros de Schopenhauer. Símolo de mi vano destino, dormía en el reborde de la ventana un gato enorme y fofo.
En el primer volumen de Parerga und paralipomena releí que todos los hechos que pueden ocurrirle a un hombre, desde el instante de su nacimiento hasta el de su muerte, han sido prefijados por él. Así, toda negligencia es deliberada, todo casual encuentro una cita, toda humillación una penitencia, todo fracaso una misteriosa victoria, toda muerte un suicidio. No hay consuelo más hábil que el pensamiento de que hemos elegido nuestras desdichas; esa teleología individual nos revela un orden secreto y prodigiosamente nos confunde con la divinidad. ¿Qué ignorado propósito (cavilé) me hizo buscar ese atardecer, esas balas y esa mutilación? No el temor de la guerra, yo lo sabía; algo más profundo. Al fin creí entender. Morir por una religión es más simple que vivirla con plenitud; batallar en Éfeso contra las fieras es menos duro (miles de mártires oscuros lo hicieron) que ser Pablo, siervo de Jesucristo; un acto es menos que todas las horas de un hombre. La batalla y la gloria son facilidades, más ardua que la empresa de Napoleón fue la de Raskolnikov. El siete de febrero de 1941 fui nombrado subdirector del campo de concentración de Tarnowitz.
El ejercicio de ese cargo no me fue grato; pero no pequé nunca de negligencia. El cobarde se prueba entre las espadas; el misericordioso, el piadoso, busca el examen de las cárceles y del dolor ajeno. El nazismo, intrínsecamente, es un hecho moral, un despojarse del viejo hombre, que está viciado, para vestir el nuevo. En la batalla esa mutación es común, entre el clamor de las capitanes y el vocerío; no así en un torpe calabozo, donde nos tienta con antiguas ternuras la insidiosa piedad. No en vano escribo esa palabra; la piedad por el hombre superior es el último pecado de Zarathustra. Casi lo cometí (lo confieso) cuando nos remitieron de Breslau al insigne poeta David Jerusalem.
Era éste un hombre de cincuenta años. Pobre de bienes de este mundo, perseguido, negado, vituperado, había consagrado su genio a cantar la felicidad. Creo recordar que Albert Soergel, en la obra Dichtung der Zeit, lo equipara con Whitman. La comparación no es feliz; Whitman celebra el universo de un modo previo, general, casi indiferente; Jerusalem se alegra de cada cosa, con minucioso amor. No comete jamás enumeraciones, catálogos. Aún puedo repetir muchos hexámetros de aquel hondo poema que se titula Tse Yang, pintor de tigres, que está como rayado de tigres, que está como cargado y atravesado de tigres transversales y silenciosos. Tampoco olvidaré el soliloquio Rosencrantz habla con el Ángel, en el que un prestamista londinense del siglo XVI vanamente trata, al morir, de vindicar sus culpas, sin sospechar que la secreta justificación de su vida es haber inspirado a uno de sus clientes (que lo ha visto una sola vez y a quien no recuerda) el carácter de Shylock. Hombre de memorables ojos, de piel cetrina, de barba casi negra, David Jerusalem era el prototipo del judío sefardí, si bien pertenecía a los depravados y aborrecidos Ashkenazim. Fui severo con él; no permití que me ablandaran ni la compasión ni su gloria. Yo había comprendido hace muchos años que no hay cosa en el mundo que no sea germen de un Infierno posible; un rostro, una palabra, una brújula, un aviso de cigarrillos, podrían enloquecer a una persona, si ésta no lograra olvidarlos. ¿No estaría loco un hombre que continuamente se figurara el mapa de Hungría? Determiné aplicar ese principio al régimen disciplinario de nuestra casa y [4]... A fines de 1942, Jerusalem perdió la razón; el primero de marzo de 1943, logró darse muerte[5].
Ignoro si Jesusalem comprendió que si yo lo destruí, fue para destruir mi piedad. Ante mis ojos, no era un hombre, ni siquiera un judío; se había transformado en el símbolo de una detestada zona de mi alma. Yo agonicé con él, yo morí con él, yo de algún modo me he perdido con él; por eso, fui implacable.
Mientras tanto, giraban sobre nosotros los grandes días y las grandes noches de una guerra feliz. Había en el aire que respirábamos un sentimiento parecido al amor. Como si bruscamente el mar estuviera cerca, había un asombro y una exaltación en la sangre. Todo, en aquellos años, era distinto, hasta el sabor del sueño. (Yo, quizá, nunca fui plenamente feliz, pero es sabido que la desventura requiere paraísos perdidos.) No hay hombre que no aspire a la plenitud, es decir a la suma de experiencias de que un hombre es capaz; no hay hombre que no tema ser defraudado de alguna parte de ese patrimonio infinito. Pero todo lo ha tenido mi generación, porque primero le fue deparada la gloria y después la derrota.
En octubre o noviembre de 1942, mi hermano Friedrich pereció en la segunda batalla de El Alamein, en los arenales egipcios; un bombardeo aéreo, meses después, destrozó nuestra casa natal, otro, a fines de 1943, mi laboratorio. Acosado por vastos continentes, moría el Tercer Reich; su mano estaba contra todos y las manos de todos contra él. Entonces, algo singular ocurrió, que ahora creo entender. Yo me creía capaz de apurar la copa de la cólera, pero en las heces me detuvo un sabor no esperado, el misterioso y casi terrible sabor de la felicidad. Ensayé diversas explicaciones; no me bastó ninguna. Pensé: Me satisface la derrota, porque secretamente me sé culpable y sólo puede redimirme el castigo. Pensé: Me satisface la derrota, porque es un fin y yo estoy muy cansado. Pensé: Me satisface la derrota, porque ha ocurrido, porque está innumerablemente unida a todos los hechos que son, que fueron, que serán, porque censurar o deplorar un solo hecho real es blasfemar del universo. Esas razones ensayé, hasta dar con la verdadera.
Se ha dicho que todos los hombres nacen aristotélicos o platónicos. Ello equivale a declarar que no hay debate de carácter abstracto que no sea un momento de la polémica de Aristóteles y Platón; a través de los siglos y latitudes, cambian los nombres, los dialectos, las caras, pero no los eternos antagonistas. También la historia de los pueblos registra una continuidad secreta. Armiño, cuando degolló en una ciénaga las legiones de Varo, no se sabía precursor de un Imperio Alemán; Lutero, traductor de la Biblia, no sospechaba que su fin era forjar un pueblo que destruyera para siempre la Biblia; Christoph zur Linde, a quien mató una bala moscovita en 1758, preparó de algún modo las victorias de 1914; Hitler creyó luchar por un país, pero luchó por todos, aun por aquellos que agredió y detestó. No importa que su yo lo ignorara; lo sabían su sangre, su voluntad. El mundo se moría de judaísmo y de esa enfermedad del judaísmo, que es la fe de Jesús; nosotros le enseñamos la violencia y la fe de la espada. Esa espada nos mata y somos comparables al hechicero que teje un laberinto y que se ve forzado a errar en él hasta el fin de sus días o a David que juzga a un desconocido y lo condena a muerte y oye después la revelación: Tú eres aquel hombre. Muchas cosas hay que destruir para edificar el nuevo orden; ahora sabemos que Alemania era una de esas cosas. Hemos dado algo más que nuestra vida, hemos dado la suerte de nuestro querido país. Que otros maldigan y otros lloren; a mí me regocija que nuestro don sea orbicular y perfecto.
Se cierne ahora sobre el mundo una época implacable. Nosotros la forjamos, nosotros que ya somos su víctima. ¿Qué importa que Inglaterra sea el martillo y nosotros el yunque? Lo importante es que rija la violencia, no las serviles timideces cristianas. Si la victoria y la injusticia y la felicidad no son para Alemania, que sean para otras naciones. Que el cielo exista, aunque nuestro lugar sea el infierno.
Miro mi cara en el espejo para saber quién soy, para saber cómo me portaré dentro de unas horas, cuando me enfrente con el fin. Mi carne puede tener miedo; yo, no.

Excracto de "El Aleph" 1949 - Jorge Luis Borges