miércoles, 18 de febrero de 2009

Deutsches Requiem

Aunque él me quitare la vida, en él confiaré.
Job 13:15

Mi nombre es Otto Dietrich zur Linde. Uno de mis antepasados, Christoph zur Linde, murió en la carga de caballería que decidió la victoria de Zorndorf. Mi bisabuelo materno, Ulrich Forkel, fue asesinado en la foresta de Marchenoir por francotiradores franceses, en los últimos días de 1870; el capitán Dietrich zur Linde, mi padre, se distinguió en el sitio de Namur, en 1914, y, dos años después, en la travesía del Danubio[1]. En cuanto a mí, seré fusilado por torturador y asesino. El tribunal ha procedido con rectitud; desde el principio, yo me he declarado culpable. Mañana, cuando el reloj de la prisión dé las nueve, yo habré entrado en la muerte; es natural que piense en mis mayores, ya que tan cerca estoy de su sombra, y a que de algún modo soy ellos.
Durante el juicio (que afortunadamente duró poco) no hablé; justificarme, entonces, hubiera entorpecido el dictamen y hubiera parecido una cobardía. Ahora las cosas han cambiado; en esta noche que precede a mi ejecución, puedo hablar sin temor. No pretendo ser perdonado, porque no hay culpa en mí, pero quiero ser comprendido. Quienes sepan oírme, comprenderán la historia de Alemania y la futura historia del mundo. Yo sé que casos como el mío, excepcionales y asombrosos ahora, serán muy en breve triviales. Mañana moriré, pero soy un símbolo de las generaciones del porvenir.
Nací en Marienburg, en 1908. Dos pasiones, ahora casi olvidadas, me permitieron afrontar con valor y aun con felicidad muchos años infaustos: la música y la metafísica. No puedo mencionar a todos mis bienhechores, pero hay dos nombres que no me resigno a omitir: el de Brahms y el de Schopenhauer. También frecuenté la poesía; a esos nombres quiero juntar otro vasto nombre germánico, William Shakespeare. Antes, la teología me interesó, pero de esa fantástica disciplina (y de la fe cristiana) me desvió para siempre Schopenhauer, con razones directas; Shakespeare y Brahms, con la infinita variedad de su mundo. Sepa quien se detiene maravillado, trémulo de ternura y de gratitud, ante cualquier lugar de la obra de esos felices, que yo también me detuve ahí, yo el abominable.
Hacia 1927 entraron en mi vida Nietzsche y Spengler. Observa un escritor del siglo XVIII que nadie quiere deber nada a sus contemporáneos; yo, para libertarme de una influencia que presentí opresora, escribí un artículo titulado Abrechnung mit Spengler, en el que hacía notar que el monumento más inequívoco de los rasgos que el autor llama fáusticos no es el misceláneo drama de Goethe[2] sino un poema redactado hace veinte siglos, el De rerum natura. Rendí justicia, empero, a la sinceridad del filósofo de la historia, a su espíritu radicalmente alemán (kerndeutsch), militar. En 1929 entré en el Partido.
Poco diré de mis años de aprendizaje. Fueron más duros para mí que para muchos otros ya que a pesar de no carecer de valor, me falta toda vocación de violencia. Comprendí, sin embargo, que estábamos al borde de un tiempo nuevo y que ese tiempo, comparable a las épocas iniciales del Islam o del Cristianismo, exigía hombres nuevos. Individualmente, mis camaradas me eran odiosos; en vano procuré razonar que para el alto fin que nos congregaba, no éramos individuos.
Aseveran los teólogos que si la atención del Señor se desviara un solo segundo de mi derecha mano que escribe, ésta recaería en la nada, como si la fulminara un fuego sin luz. Nadie puede ser, digo yo, nadie puede probar una copa de auga o partir un trozo de pan, sin justificación. Para cada hombre, esa justificación es distinta; yo esperaba la guerra inexorable que probaría nuestra fe. Me bastaba saber que yo sería un soldado de sus batallas. Alguna vez temí que nos defraudaran la cobardía de Inglaterra y de Rusia. El azar, o el destino, tejió de otra manera mi porvenir: el primero de marzo de 1939, al oscurecer, hubo disturbios en Tilsit que los diarios no registraron; en la calle detrás de la sinagoga, dos balas me atravesaron la pierna, que fue necesario amputar[3]. Días después, entraban en Bohemia nuestros ejércitos; cuando las sirenas lo proclamaron, yo estaba en el sedentario hospital, tratando de perderme y de olvidarme en los libros de Schopenhauer. Símolo de mi vano destino, dormía en el reborde de la ventana un gato enorme y fofo.
En el primer volumen de Parerga und paralipomena releí que todos los hechos que pueden ocurrirle a un hombre, desde el instante de su nacimiento hasta el de su muerte, han sido prefijados por él. Así, toda negligencia es deliberada, todo casual encuentro una cita, toda humillación una penitencia, todo fracaso una misteriosa victoria, toda muerte un suicidio. No hay consuelo más hábil que el pensamiento de que hemos elegido nuestras desdichas; esa teleología individual nos revela un orden secreto y prodigiosamente nos confunde con la divinidad. ¿Qué ignorado propósito (cavilé) me hizo buscar ese atardecer, esas balas y esa mutilación? No el temor de la guerra, yo lo sabía; algo más profundo. Al fin creí entender. Morir por una religión es más simple que vivirla con plenitud; batallar en Éfeso contra las fieras es menos duro (miles de mártires oscuros lo hicieron) que ser Pablo, siervo de Jesucristo; un acto es menos que todas las horas de un hombre. La batalla y la gloria son facilidades, más ardua que la empresa de Napoleón fue la de Raskolnikov. El siete de febrero de 1941 fui nombrado subdirector del campo de concentración de Tarnowitz.
El ejercicio de ese cargo no me fue grato; pero no pequé nunca de negligencia. El cobarde se prueba entre las espadas; el misericordioso, el piadoso, busca el examen de las cárceles y del dolor ajeno. El nazismo, intrínsecamente, es un hecho moral, un despojarse del viejo hombre, que está viciado, para vestir el nuevo. En la batalla esa mutación es común, entre el clamor de las capitanes y el vocerío; no así en un torpe calabozo, donde nos tienta con antiguas ternuras la insidiosa piedad. No en vano escribo esa palabra; la piedad por el hombre superior es el último pecado de Zarathustra. Casi lo cometí (lo confieso) cuando nos remitieron de Breslau al insigne poeta David Jerusalem.
Era éste un hombre de cincuenta años. Pobre de bienes de este mundo, perseguido, negado, vituperado, había consagrado su genio a cantar la felicidad. Creo recordar que Albert Soergel, en la obra Dichtung der Zeit, lo equipara con Whitman. La comparación no es feliz; Whitman celebra el universo de un modo previo, general, casi indiferente; Jerusalem se alegra de cada cosa, con minucioso amor. No comete jamás enumeraciones, catálogos. Aún puedo repetir muchos hexámetros de aquel hondo poema que se titula Tse Yang, pintor de tigres, que está como rayado de tigres, que está como cargado y atravesado de tigres transversales y silenciosos. Tampoco olvidaré el soliloquio Rosencrantz habla con el Ángel, en el que un prestamista londinense del siglo XVI vanamente trata, al morir, de vindicar sus culpas, sin sospechar que la secreta justificación de su vida es haber inspirado a uno de sus clientes (que lo ha visto una sola vez y a quien no recuerda) el carácter de Shylock. Hombre de memorables ojos, de piel cetrina, de barba casi negra, David Jerusalem era el prototipo del judío sefardí, si bien pertenecía a los depravados y aborrecidos Ashkenazim. Fui severo con él; no permití que me ablandaran ni la compasión ni su gloria. Yo había comprendido hace muchos años que no hay cosa en el mundo que no sea germen de un Infierno posible; un rostro, una palabra, una brújula, un aviso de cigarrillos, podrían enloquecer a una persona, si ésta no lograra olvidarlos. ¿No estaría loco un hombre que continuamente se figurara el mapa de Hungría? Determiné aplicar ese principio al régimen disciplinario de nuestra casa y [4]... A fines de 1942, Jerusalem perdió la razón; el primero de marzo de 1943, logró darse muerte[5].
Ignoro si Jesusalem comprendió que si yo lo destruí, fue para destruir mi piedad. Ante mis ojos, no era un hombre, ni siquiera un judío; se había transformado en el símbolo de una detestada zona de mi alma. Yo agonicé con él, yo morí con él, yo de algún modo me he perdido con él; por eso, fui implacable.
Mientras tanto, giraban sobre nosotros los grandes días y las grandes noches de una guerra feliz. Había en el aire que respirábamos un sentimiento parecido al amor. Como si bruscamente el mar estuviera cerca, había un asombro y una exaltación en la sangre. Todo, en aquellos años, era distinto, hasta el sabor del sueño. (Yo, quizá, nunca fui plenamente feliz, pero es sabido que la desventura requiere paraísos perdidos.) No hay hombre que no aspire a la plenitud, es decir a la suma de experiencias de que un hombre es capaz; no hay hombre que no tema ser defraudado de alguna parte de ese patrimonio infinito. Pero todo lo ha tenido mi generación, porque primero le fue deparada la gloria y después la derrota.
En octubre o noviembre de 1942, mi hermano Friedrich pereció en la segunda batalla de El Alamein, en los arenales egipcios; un bombardeo aéreo, meses después, destrozó nuestra casa natal, otro, a fines de 1943, mi laboratorio. Acosado por vastos continentes, moría el Tercer Reich; su mano estaba contra todos y las manos de todos contra él. Entonces, algo singular ocurrió, que ahora creo entender. Yo me creía capaz de apurar la copa de la cólera, pero en las heces me detuvo un sabor no esperado, el misterioso y casi terrible sabor de la felicidad. Ensayé diversas explicaciones; no me bastó ninguna. Pensé: Me satisface la derrota, porque secretamente me sé culpable y sólo puede redimirme el castigo. Pensé: Me satisface la derrota, porque es un fin y yo estoy muy cansado. Pensé: Me satisface la derrota, porque ha ocurrido, porque está innumerablemente unida a todos los hechos que son, que fueron, que serán, porque censurar o deplorar un solo hecho real es blasfemar del universo. Esas razones ensayé, hasta dar con la verdadera.
Se ha dicho que todos los hombres nacen aristotélicos o platónicos. Ello equivale a declarar que no hay debate de carácter abstracto que no sea un momento de la polémica de Aristóteles y Platón; a través de los siglos y latitudes, cambian los nombres, los dialectos, las caras, pero no los eternos antagonistas. También la historia de los pueblos registra una continuidad secreta. Armiño, cuando degolló en una ciénaga las legiones de Varo, no se sabía precursor de un Imperio Alemán; Lutero, traductor de la Biblia, no sospechaba que su fin era forjar un pueblo que destruyera para siempre la Biblia; Christoph zur Linde, a quien mató una bala moscovita en 1758, preparó de algún modo las victorias de 1914; Hitler creyó luchar por un país, pero luchó por todos, aun por aquellos que agredió y detestó. No importa que su yo lo ignorara; lo sabían su sangre, su voluntad. El mundo se moría de judaísmo y de esa enfermedad del judaísmo, que es la fe de Jesús; nosotros le enseñamos la violencia y la fe de la espada. Esa espada nos mata y somos comparables al hechicero que teje un laberinto y que se ve forzado a errar en él hasta el fin de sus días o a David que juzga a un desconocido y lo condena a muerte y oye después la revelación: Tú eres aquel hombre. Muchas cosas hay que destruir para edificar el nuevo orden; ahora sabemos que Alemania era una de esas cosas. Hemos dado algo más que nuestra vida, hemos dado la suerte de nuestro querido país. Que otros maldigan y otros lloren; a mí me regocija que nuestro don sea orbicular y perfecto.
Se cierne ahora sobre el mundo una época implacable. Nosotros la forjamos, nosotros que ya somos su víctima. ¿Qué importa que Inglaterra sea el martillo y nosotros el yunque? Lo importante es que rija la violencia, no las serviles timideces cristianas. Si la victoria y la injusticia y la felicidad no son para Alemania, que sean para otras naciones. Que el cielo exista, aunque nuestro lugar sea el infierno.
Miro mi cara en el espejo para saber quién soy, para saber cómo me portaré dentro de unas horas, cuando me enfrente con el fin. Mi carne puede tener miedo; yo, no.

Excracto de "El Aleph" 1949 - Jorge Luis Borges

miércoles, 28 de enero de 2009

Yo creía que el alma me había sido dada para gozar de las bellezas del mundo, la luz de la luna sobre la anaranjada cresta de una nube, y la gota de rocío temblando encima de una rosa. Más cuando fui pequeño creí siempre que la vida reservaba para mí un acontecimiento sublime y hermoso. Pero a medida que examinaba la vida de los otros hombres, descubrí que vivían aburridos, como si habitaran en un país siempre lluvioso, donde los rayos de la lluvia, les dejaran en el fondo de las pupilas, tabiques de agua que les deformaban la visión de las cosas. Y comprendí que las almas se movían en la tierra, como los peces prisioneros en un acuario. Al otro lado de los verdinosos muros de vidrio estaba la hermosa vida cantante y altísima, donde todo sería distinto, fuerte, y múltiple, y donde los seres nuevos de una creación más perfecta, con sus bellos cuerpos saltarían en una atmósfera elástica. -Entonces le decía:- Es inútil, tengo que escaparme de la tierra.

"Los siete locos" - Roberto Arlt (escritor argentino 1900 - 1942)

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Qué cansador es ser siempre uno mismo

Una vez más la terquedad de lo cotidiano me asfixia. Agotado por el vértigo del pensar, las preguntas que respondo parecen una y otra vez caer como frutos de un mismo árbol. Qué cansador es ser siempre uno mismo.
El espejo, cruel en su perfección, logra desilusionarme día a día en la repetición de lo que espero sea una agradable sorpresa, destacando redundantemente la belleza de todo lo nuevo en este estado.
Ya me es imposible negarme a la pasividad del no-progreso; de un no-progreso indestructible con el mero esfuerzo insaciable del narcisismo de mi soledad. La búsqueda debe superarme. De cualquier otra forma, mañana despertaré con la misma y rutinaria sensación de no tener nada nuevo que ofrecer.
Hoy lo veo, hoy abro el espectro, hoy rompo con toda estructura conocida que me condiciona a pensar como ayer, como siempre. Pero entonces... entonces vuelvo a dudar de esto que hoy mismo proclamo... Otra vez el vértigo; este maldito amigo que me desestabiliza, que trae a la luz mis peores inseguridades desde lo profundo y oscuro de mi seguridad. Otra vez el vértigo; este cruel compañero que representa la única esperanza que me queda, la única certeza que confirma mi identidad: mañana, ya no seré el de ayer.

La Condena de Caín

lunes, 24 de noviembre de 2008

Sobre el aburrimiento

(...)Entre estos frenéticos ataques de aburrimiento me preguntaba, de cuando en cuando, si no era que deseaba morirme; pregunta razonable, pues vivir me disgustaba tan profundamente. Pero entonces, no sin estupor, advertía que si bien no me agradaba vivir tampoco quería morir. Así, las alternativas acopladas que, como en un ballet funesto, desfilaban por mi mente no se detenían ni siquiera ante la elección extrema entre la vida y la muerte. En realidad, como algunas veces pensaba, no era que quisiera morirme; lo que quería era no seguir viviendo del modo en que vivía.

Extracto de "El aburrimiento" - Alberto Moravia (escritor italiano 1907-1990)

martes, 11 de noviembre de 2008

La ciudad perdida

Luego del terremoto,
del diluvio extraordinario,
bajo el agua, rezagado,
veo que mi horizonte se desplaza a medida que voy nadando.

Dolorido, casi ahogado, me pregunto
- ¿Qué quedó del humo?
¿de las ruinas de la "civilización"?
¡Era todo tan hermoso!
(condescendiente con mi espíritu siniestro)

Recuerdo la ciudad devastada.
Aquella belleza del infierno,
todo deseable, nada satisfactorio.
La tragedia la ibamos perdiendo... y éramos felices..

Construimos todo bajo asesinatos cotidianos
y en nuestras propias mentes complejas
llevábamos la ruptura...

Sonidos anónimos, alcohol, amor...
No ganábamos ni perdíamos, destruíamos.
Extraño esa resaca de persianas bajas.
¡Quiero mi Ribotril!
¡Mi bendito insomnio económico!

Vivíamos sin errores,
embriagados por la vida silenciosa
de la soledad multitudinaria.

En aquel mundo, nuestras realidades se volvian objetivas.
Extraño todo..
Necesito más catástrofes, festejos...

Nado en un líquido que no me engaña,
y de repente... -¡Puedo volver a escribir, como pensamiento indisciplinado!-

Pero no logro entender. Me pregunto
¿Qué me pasa?
¿Respiro otro oxígeno? ¿mi físico sufre??
Existir, ¿me sigue pareciendo algo fatídico?

Mi memoria tiembla
diapositivas de esa ola gigante, tragándome
rápida, lastimosa...
pero aliviándome a la vez.

De a poco grito: - ¡está predominando nuevamente mi forma humana!-
Me pervierto, asumo mi justa soberbia.
Angustiado, me salvo, escapo...
Mis pulsaciones van más rápido que mi propio ser.
Mi presión no es la normal, siento latidos acelerados.
A punto de hacerme polvo de mis palabras
grito :¡el tiempo ya no es una trampa...!

Que yo sepa, no voy a volver a mi cárcel...
(pero todo lo demás que suceda, no es ya culpa mía)


La Condena de Caín

lunes, 20 de octubre de 2008

La búsqueda de lo intolerado

"El mecanismo más eficaz para el control del pensamiento en las
sociedades
democráticas consiste en la limitación de lo pensable, que se
logra por medio de
la tolerancia del debate, incluso del fomento del mismo,
aunque sólo sea dentro
de límites adecuados" – Noam Chomsky

Esa mañana desperté con ganas de gritar pero ya no me acordaba cómo. ¿Hace tanto tiempo fue la última vez? En las últimas semanas, los últimos meses, años, había estado debatiendo, discutiendo; había repetido ideas que rondaban mi cabeza con moderadas diferencias que mi moral me mentía como radicales. ¡Pero hace cuánto que no gritaba! Simplemente no recordaba cómo. Fueron estas ganas las que me hicieron ver que hasta entonces no había pensado en un cambio serio, en un cambio tan profundo que realmente me perjudicase. Los debates, discusiones, su acumulación, llevan a ese cambio. Pero necesariamente deben estallar en un grito que lo proclame. En ese grito que ya se me confunde y no estoy seguro de alguna vez haber pronunciado.
Ya hace mucho tiempo de esa mañana. Todavía no aprendí a gritar. Sin embargo, desde entonces, mi búsqueda finalmente fue sincera. Finalmente comprendí que mi grito se encuentra encerrado detrás de los límites de todo lo “bueno” y “sano” que rige la sociedad. Hoy, el realmente estar buscando ese cambio, el saber que lo deseo profundamente y no como una máscara que me proteja de mi mismo, es lo que me empuja, irreversiblemente, a la búsqueda de lo intolerado.


La Condena de Caín

jueves, 2 de octubre de 2008

(...) El resultado es una suerte de generalizado relativismo ideológico y filosófico: las ideas y las representaciones, como las mercancías, no son ni buena ni malas en sí mismas, sino que se colocan mejor en el mercado según la ley de oferta y la demanda. Así queda bloqueada toda posibilidad de determinar una jerarquía de legitimidades, y mucho menos una legitimidad última, una imagen universalmente válida de la verdad sobre el mundo o la sociedad. Esto tiene un aspecto sumamente positivo en tanto impide la absolutización del pensamiento y el dogmatismo sustancialista. Pero desgraciadamente, este es un aspecto muy subsidiario: lo dominante es que el mencionado relativismo impide la construcción de ideas de legitimación alternativas a las ya existentes en un mercado saturado; paradójicamente, la legitimación ideológica del postmodernismo consiste en que no hay ideas completamente legítimas: en un mundo sin más fundamento que la libre circulación de las ideas-mercancias en el mercado, sólo es posible juzgar por la eficacia de los resultados (las mejores mercancias son, como se sabe, las que mas se venden) y no por la consistencia de esas ideas para construir interpretaciones - por lo tanto modificaciones- de la realidad. El pragmatismo del pensamiento sustituye, en estas condiciones, al pensamiento crítico que procura analizar en profundidad y con lucidez los malestares de la cultura y la sociedad, y el sometimiento conformista a las hipnotizantes imágenes fragmentadas de los medios de comunicación sustituye a la reflexión y a la duda metafísica sobre las imperfecciones del mundo.

Fragmento de "Las Formas de la Espada"
Eduardo Gruner (sociólogo argentino)