No sorprende tanto el fascismo como la estupidez. O tal vez nosotros, los jóvenes, debamos corregir el modo en el que demostramos nuestra propia estupidez. O encontrar un nuevo medio para estupidizarnos; un medio más autóctono, menos foráneo, menos relacionado con las drogas, el alcohol, algo bien, algo pro.
Si bien el ataque a la cultura rock parece menor comparado con la defensa de la represión y el accionar militar durante la última dictadura, no hay que olvidar que forman parte de una misma ideología. La cultura rock representó y representa para muchos un pilar de la lucha cultural contra lo establecido. Por lo tanto, no sorprende en lo más mínimo un ataque reaccionario a la misma; el ataque del gremio taxista radio diez, el ataque una clase media asustadiza, el ataque “cuando estaban los militares esto no pasaba”. Pero sí sorprende el ataque de un “intelectual”, de un “escritor”.
Pensar que la música rock en sí misma posee un poder mágico e hipnótico el cual nos vuelve contestatarios, revolucionarios, “trotskoleninistas”, “social-guevaristas”, demuestra una ignorancia tal que parece provenir de uno de estos programas farandulescos que en los últimos tiempos dicen representar el clarmor popular (como si ellos viesen en lo popular algo más que un número más en su abultado rating).
La cultura rock es el medio que millones de argentinos elegimos para canalizar nuestro disconformismo con, entre otras cosas, el sistema establecido, la injusticia siocial y gente como la que hacemos referencia en este escrito.
Quizás el error sea nuestro, quizás ya no deba sorprendernos nada, para así estar siempre alertas.
Los dinosaurios van a desaparecer, pero no sus hijos y nietos ideológicos y nosotros, hijos y nietos ideológicos de una cultura rock que se ve amenazada constantemente por la vorágine capitalista que se alimenta devorándolo todo, debemos protegerla más que nunca, para así no perder uno de los pocos canales que todavía nos permite gritar y ser escuchados.
La Condena de Caín
miércoles 23 de diciembre de 2009
miércoles 9 de diciembre de 2009
Remo - Baco Capítulo V Final
Desbocado por la lujuria que le generaba el saberse dominador, Baco sostenía el brillante metal que apuntaba a la garganta de Remo. Indefenso, rendido ante lo inevitable, éste disfrutaba la cercanía del final. Un final que lo librase de las presiones que lo obligaban a luchar y lo empujara a la gloria de entregarse mansamente a su rival. Esta pasividad absoluta, este disfrute de la víctima por su propia dominación enfurecía a Baco aún más. Su ego se llenaba de rivales fuertes con ganas de vivir y de luchar por sus pensamientos. Esta sumisión inesperada le robaba su sed instintiva y lo reducía a la lógica de la razón.
Abrazado a la locura, intentó en vano una y otra vez que el resto de hombre que quedaba en el suelo se resistiera a su tortura. Cansado y a punto de perder su rabia inicial, levantó la espada y la clavó hondamente en el corazón de Remo.
Súbitamente, Baco sintió un fuerte dolor en el pecho que no le dejaba respirar.
El mismo ardor que crecía en Remo irrumpía también en su cuerpo como en una misma persona.Miró en los ojos negros de su oponente y se vio a sí mismo en una sufrida mirada que reconocía detrás de toda la lujuria que lo maquillaba habitualmente. Una mueca de angustia alcanzó su rostro al reconocer que no podía matar a una parte de sí mismo sin matar a la otra. Sus ojos, sumisos como nunca antes, se cerraron en compañía de su eterno enemigo.
La Condena de Caín
Abrazado a la locura, intentó en vano una y otra vez que el resto de hombre que quedaba en el suelo se resistiera a su tortura. Cansado y a punto de perder su rabia inicial, levantó la espada y la clavó hondamente en el corazón de Remo.
Súbitamente, Baco sintió un fuerte dolor en el pecho que no le dejaba respirar.
El mismo ardor que crecía en Remo irrumpía también en su cuerpo como en una misma persona.Miró en los ojos negros de su oponente y se vio a sí mismo en una sufrida mirada que reconocía detrás de toda la lujuria que lo maquillaba habitualmente. Una mueca de angustia alcanzó su rostro al reconocer que no podía matar a una parte de sí mismo sin matar a la otra. Sus ojos, sumisos como nunca antes, se cerraron en compañía de su eterno enemigo.
La Condena de Caín
domingo 11 de octubre de 2009
Baco - Capítulo 4
En un sistema perverso, para que unos hablen, otros tienen que callar; para que unos coman, otros tienen que sufrir de hambre; para que unos vivan, otros tienen que morir.
Baco siempre se consideró parte de los unos, merecedor de tal condición. Es más, un gran desprecio por los otros lo acompañó toda su vida.
Sin embargo, nunca dio real cuenta de esta ecuación que rige el mundo moderno. Su vacuo análisis y su eterna ambición lo llevaron a la idea de sistematizar un plan que lo alejara de los callados, de los hambrientos, de los muertos, que empobrecían su existencia.
No soñaba con un nuevo orden mundial que cumpla sus expectativas. Soñaba con la revolución dentro de su propio mundo: su entorno más cercano, familiares, amigos… todos quienes lo afectaban en forma directa en su deseo de ser uno por sobre todos los otros.
Así fue como dedicó su vida a alejar de sí a toda personalidad débil que lo rodeaba, todos aquellos a quienes dominaba a conciencia, todos quienes necesitaban de él para subsistir, ya sea por razones afectivas o económicas, todos fueron siendo eliminados poco a poco.
Baco era un hombre de una determinación admirable, nunca dudó de sus propósitos, ni de sus medios. Y así fue como en poco tiempo vio realizada su obra. Ya no había gente a su alrededor que le obedeciese sumisamente, ya nadie cerca suyo dependía de él para seguir el curso normal de su existencia, su objetivo se había logrado a la perfección y se sintió más uno que nunca.
Fue en el mes de Octubre cuando recostado en el sillón de su despacho, pensando en su plan inicial, se dijo a sí mismo que ya no había más que hacer. Sólo se encontraba rodeado de gente superior, de gente con la autoridad para dirigírsele sin titubeos ni vacilaciones. Su vida era perfecta. Fue entonces que su jefe abrió la puerta y le ordenó una simple tarea a la que Baco accedió gratamente. Se dispuso a hacerla pero algo dentro suyo no lo dejó, su vida tan perfecta le gritaba desde el alma su descontento. Hace tiempo que no hablaba, que no comía, que no vivía. Lentamente se había convertido en uno de los otros. La desesperación de la razón lo invadió en plenitud rogándole que termine su plan que ya creía concluso.
Baco era un hombre de una determinación admirable. Se acercó a la ventana abierta que daba a la calle desde el séptimo piso y miró hacia los tantos unos y otros que iban por la vereda. Todos los callados, los hambrientos, los muertos, debían ser eliminados. Dejó que el peso de su cuerpo ceda a la gravedad, y así fue.
La Condena de Caín
Baco siempre se consideró parte de los unos, merecedor de tal condición. Es más, un gran desprecio por los otros lo acompañó toda su vida.
Sin embargo, nunca dio real cuenta de esta ecuación que rige el mundo moderno. Su vacuo análisis y su eterna ambición lo llevaron a la idea de sistematizar un plan que lo alejara de los callados, de los hambrientos, de los muertos, que empobrecían su existencia.
No soñaba con un nuevo orden mundial que cumpla sus expectativas. Soñaba con la revolución dentro de su propio mundo: su entorno más cercano, familiares, amigos… todos quienes lo afectaban en forma directa en su deseo de ser uno por sobre todos los otros.
Así fue como dedicó su vida a alejar de sí a toda personalidad débil que lo rodeaba, todos aquellos a quienes dominaba a conciencia, todos quienes necesitaban de él para subsistir, ya sea por razones afectivas o económicas, todos fueron siendo eliminados poco a poco.
Baco era un hombre de una determinación admirable, nunca dudó de sus propósitos, ni de sus medios. Y así fue como en poco tiempo vio realizada su obra. Ya no había gente a su alrededor que le obedeciese sumisamente, ya nadie cerca suyo dependía de él para seguir el curso normal de su existencia, su objetivo se había logrado a la perfección y se sintió más uno que nunca.
Fue en el mes de Octubre cuando recostado en el sillón de su despacho, pensando en su plan inicial, se dijo a sí mismo que ya no había más que hacer. Sólo se encontraba rodeado de gente superior, de gente con la autoridad para dirigírsele sin titubeos ni vacilaciones. Su vida era perfecta. Fue entonces que su jefe abrió la puerta y le ordenó una simple tarea a la que Baco accedió gratamente. Se dispuso a hacerla pero algo dentro suyo no lo dejó, su vida tan perfecta le gritaba desde el alma su descontento. Hace tiempo que no hablaba, que no comía, que no vivía. Lentamente se había convertido en uno de los otros. La desesperación de la razón lo invadió en plenitud rogándole que termine su plan que ya creía concluso.
Baco era un hombre de una determinación admirable. Se acercó a la ventana abierta que daba a la calle desde el séptimo piso y miró hacia los tantos unos y otros que iban por la vereda. Todos los callados, los hambrientos, los muertos, debían ser eliminados. Dejó que el peso de su cuerpo ceda a la gravedad, y así fue.
La Condena de Caín
lunes 21 de septiembre de 2009
Remo - Capítulo 3
Conozco a Remo desde que éramos pibes. Allá, en la escuela esa privada que nos mandaron los viejos, lo conocí. Buen tipo, buena gente, Remo. Muy responsable, muy educado. Por ese entonces todavía teníamos tiempo para mandarnos alguna, igual. Después de clase, cada tanto, en vez de irnos derecho para casa, nos mandábamos para las vías y le pintábamos la cabina al vigilante de la esquina. ¡Las veces que nos habrá corrido el viejo! Nunca nos alcanzó, por suerte. Ni me imagino lo que me habrían hecho mis viejos si se enteraban. Y los de Remo, mejor ni pensarlo. Pobre flaco, con los viejos que tenía.
Pero el tiempo pasa, ¿viste? Y ya para quinto año, pasar las materias estaba jodido. Remo era un buen alumno, siempre le importó sacar buenas notas, ya no quería meterse en kilombos. Así, poco a poco fuimos cancelando las tardes de bandalismo hasta que quedaron en el olvido. ¿Qué le vamos a hacer? No se es joven por siempre.
Cuando terminamos el colegio, Remo fue a la universidad. Yo no, una cuenta pendiente que tengo. Igual, no perdimos contacto, eh. Las charlas no eran las mismas, yo empecé a tener otros amigos, pero no nos olvidábamos del otro.
Después Remo se casó con una piba que conoció ahí en la Facultad. Linda mina, ningún boludo Remo. Siempre tuvo su pinta. Al rato, dos pibes ya tenían; así que tuvieron que ponerse a laburar mucho los dos para seguir con el nivel de vida que tenían.
Igual cada tanto nos veíamos. Ya no como antes, cada uno tenía su familia, sus cosas, pero siempre lo vi bien. Bien empilchado, buen laburo, todo un señor. Un montón trabajaba este Remo. Se que no tenía muchos otros amigos, pero el tiempo no le daba; era un tipo exitoso en lo que hacía: algo de manejo de personal en una empresa de esas con edificios enormes, de oficinas más caras que mi casa. Un tipo de mundo, este Remo.
Un día nos juntamos a tomar un café y se me dio por endulzarlo un poco. Se lo merecía. Si lo que tiene, bien ganado que lo tiene. Le reconocí que algo de envidia le tenía. Él con esa ropa de marca, esa vida de gente bien, la familia que tan bien la tenía cuidada, tantos proyectos importantes… Y yo… yo todavía en la mía, con mi jermu, mis pibes. Bien, ¿viste? Pero no me sobraba nada. Con el futuro en el aire, digamos. Nada que ver con Remo; si hasta tenía alquilada una parcela ahí en chacarita...
Me miraba raro esa tarde Remo. Cuánto más le hablaba de su vida, más serio se me ponía. Entonces le cambié de tema. Lo golpeo en el hombro y en un ataque de nostalgia le digo “Remo, ¿te acordás cuando íbamos a pintarle la casilla al vigilante del barrio? ¿Hace cuánto que no hacés alguna locura como esa? ¿Te acordás?”.
Ni me respondió. Ni me miró. Se paró y se fue. Si hasta se dejó el saco en la silla… Lo iba a frenar, pero estaba raro ese día así que no me quise meter.
La verdad, a Remo no lo vi nunca más. No volví a escuchar de él, ni me contestó el teléfono, nada. Pero bue… no se es joven por siempre. Buen tipo, buena gente, Remo. Muy responsable, muy educado…
La Condena de Caín
Pero el tiempo pasa, ¿viste? Y ya para quinto año, pasar las materias estaba jodido. Remo era un buen alumno, siempre le importó sacar buenas notas, ya no quería meterse en kilombos. Así, poco a poco fuimos cancelando las tardes de bandalismo hasta que quedaron en el olvido. ¿Qué le vamos a hacer? No se es joven por siempre.
Cuando terminamos el colegio, Remo fue a la universidad. Yo no, una cuenta pendiente que tengo. Igual, no perdimos contacto, eh. Las charlas no eran las mismas, yo empecé a tener otros amigos, pero no nos olvidábamos del otro.
Después Remo se casó con una piba que conoció ahí en la Facultad. Linda mina, ningún boludo Remo. Siempre tuvo su pinta. Al rato, dos pibes ya tenían; así que tuvieron que ponerse a laburar mucho los dos para seguir con el nivel de vida que tenían.
Igual cada tanto nos veíamos. Ya no como antes, cada uno tenía su familia, sus cosas, pero siempre lo vi bien. Bien empilchado, buen laburo, todo un señor. Un montón trabajaba este Remo. Se que no tenía muchos otros amigos, pero el tiempo no le daba; era un tipo exitoso en lo que hacía: algo de manejo de personal en una empresa de esas con edificios enormes, de oficinas más caras que mi casa. Un tipo de mundo, este Remo.
Un día nos juntamos a tomar un café y se me dio por endulzarlo un poco. Se lo merecía. Si lo que tiene, bien ganado que lo tiene. Le reconocí que algo de envidia le tenía. Él con esa ropa de marca, esa vida de gente bien, la familia que tan bien la tenía cuidada, tantos proyectos importantes… Y yo… yo todavía en la mía, con mi jermu, mis pibes. Bien, ¿viste? Pero no me sobraba nada. Con el futuro en el aire, digamos. Nada que ver con Remo; si hasta tenía alquilada una parcela ahí en chacarita...
Me miraba raro esa tarde Remo. Cuánto más le hablaba de su vida, más serio se me ponía. Entonces le cambié de tema. Lo golpeo en el hombro y en un ataque de nostalgia le digo “Remo, ¿te acordás cuando íbamos a pintarle la casilla al vigilante del barrio? ¿Hace cuánto que no hacés alguna locura como esa? ¿Te acordás?”.
Ni me respondió. Ni me miró. Se paró y se fue. Si hasta se dejó el saco en la silla… Lo iba a frenar, pero estaba raro ese día así que no me quise meter.
La verdad, a Remo no lo vi nunca más. No volví a escuchar de él, ni me contestó el teléfono, nada. Pero bue… no se es joven por siempre. Buen tipo, buena gente, Remo. Muy responsable, muy educado…
La Condena de Caín
domingo 6 de septiembre de 2009
Las manos sucias
Olga: Haré lo que el Partido me mande. Te juro que haré lo que me mande.
(…)
Hugo: No.
(Imitando a Olga).
“Haré lo que el Partido me mande.” Tendrás sorpresas. Con la mejor voluntad del mundo, lo que uno hace nunca es lo que el Partido te manda. “Irás a casa de Hoederer y le meterás tres balas en la barriga.” Es una orden sencilla, ¿verdad? Fui a casa de Hoederer y le metí tres balas en la barriga. Pero era otra cosa. ¿La orden? Ya no había orden. Las órdenes te dejan completamente solo a partir de cierto momento. La orden se había quedado atrás y yo avanzaba solo y maté completamente solo y… y ni siquiera sé ya por qué. Quisiera que el Partido te ordenase que dispararas contra mí. Para ver. Nada más que para ver.
Fragmento de "Las manos sucias" de Jean-Paul Sartre (filósofo francés 1905 - 1980)
(…)
Hugo: No.
(Imitando a Olga).
“Haré lo que el Partido me mande.” Tendrás sorpresas. Con la mejor voluntad del mundo, lo que uno hace nunca es lo que el Partido te manda. “Irás a casa de Hoederer y le meterás tres balas en la barriga.” Es una orden sencilla, ¿verdad? Fui a casa de Hoederer y le metí tres balas en la barriga. Pero era otra cosa. ¿La orden? Ya no había orden. Las órdenes te dejan completamente solo a partir de cierto momento. La orden se había quedado atrás y yo avanzaba solo y maté completamente solo y… y ni siquiera sé ya por qué. Quisiera que el Partido te ordenase que dispararas contra mí. Para ver. Nada más que para ver.
Fragmento de "Las manos sucias" de Jean-Paul Sartre (filósofo francés 1905 - 1980)
lunes 31 de agosto de 2009
Si esto es un hombre
(...) Todos deben saber, o recordar, que tanto a Hitler como a Mussolini, cuando hablaban en público, se les creía, se los aplaudía, se los admiraba, se los adoraba como dioses. Eran “jefes carismáticos”, poseían un secreto poder de seducción que no nacía de la credibilidad o de la verdad de lo que decían, sino del modo sugestivo con que lo decían, de su elocuencia, de su arte histriónico, quizás instintivo, quizás pacientemente ejercitado y aprendido. Las ideas que proclamaban no eran siempre las mismas y en general eran aberraciones, o tonterías, o crueldades; y, sin embargo, se entonaban hosannas en su honor y millones de fieles los seguían hasta la muerte. Hay que recordar que estos fieles, y entre ellos también los diligentes ejecutores de órdenes inhumanas, no eran esbirros natos, no eran (salvo pocas excepciones) monstruos: eran gente cualquiera. Los monstruos existen pero son demasiado pocos para ser realmente peligrosos; más peligrosos son los hombres comunes, los funcionarios listos a creer y obedecer sin discutir, como Eichmann, como Hoess, comandante de Auschwitz, como Stangl, comandante de Treblinka, como los militares franceses de veinte años más tarde, asesinos en Argelia, como los militares norteamericanos de treinta años más tarde, asesinos en Vietnam.
Hay que desconfiar, pues, de quien trata de convencernos con argumentos distintos de la razón, es decir de los jefes carismáticos: hemos de ser cautos en delegar en otros nuestro juicio y nuestra voluntad. Puesto que es difícil distinguir los profetas verdaderos de los falsos, es mejor sospechar de todo profeta; es mejor renunciar a la verdad revelada, por mucho que exalten su simplicidad y esplendor, aunque las hallemos cómodas porque se adquieren gratis. Es mejor conformarse con otras verdades más modestas y menos entusiastas, las que se conquistan con mucho trabajo, poco a poco y sin atajos por el estudio, la discusión y el razonamiento, verdades que pueden ser demostradas y verificadas. (...)
Fragmento de "Si esto es un hombre" (Primo Levi, escritor italiano sobreviviente de Auschwitz 1919 - 1987)
Hay que desconfiar, pues, de quien trata de convencernos con argumentos distintos de la razón, es decir de los jefes carismáticos: hemos de ser cautos en delegar en otros nuestro juicio y nuestra voluntad. Puesto que es difícil distinguir los profetas verdaderos de los falsos, es mejor sospechar de todo profeta; es mejor renunciar a la verdad revelada, por mucho que exalten su simplicidad y esplendor, aunque las hallemos cómodas porque se adquieren gratis. Es mejor conformarse con otras verdades más modestas y menos entusiastas, las que se conquistan con mucho trabajo, poco a poco y sin atajos por el estudio, la discusión y el razonamiento, verdades que pueden ser demostradas y verificadas. (...)
Fragmento de "Si esto es un hombre" (Primo Levi, escritor italiano sobreviviente de Auschwitz 1919 - 1987)
lunes 24 de agosto de 2009
Caso Cromagnon
Los problemas estructurales tienen la mala costumbre de estallar como crisis agudas, donde lo urgente supera lo importante. En el caso Cromagnon urgió la necesidad de que el sistema judicial encuentre contados culpables a quienes condenar con varios años de cárcel para acallar el sistemático reclamo de un sector de la sociedad, en su mayoría indignada por un acto siniestro del cual conoce poco y nada (siempre y cuando se mantenga en la portada de los más grandes medios de comunicación).
La principal característica que debían tener estos culpables era la de carecer de una base social fuerte que los defienda. Así fue como se eligió sobre quiénes recaer una fuerte condena, librando de culpa a su vez, a quienes contaban con determinado apoyo, sea éste político o social (en algunos casos siendo excluidos de la causa desde el comienzo de la misma).
Con este análisis no se critican las sentencias en sí, sino las verdaderas razones por las que fueron impuestas.
El fallo en particular puede ser discutido desde los valores morales socialmente instaurados o desde resquicios legales en el que sólo abogados y jueces pueden ahondar con comodidad. Sin embargo, parecería ser que el resultado final, en este caso, no está dado por ninguno de estos dos criterios sino por la búsqueda de demonizar a ciertos acusados en particular para que carguen con la culpa del caso y así saciar la reaccionaria necesidad de los medios de tener una personificación de la responsabilidad total del hecho y no tener que dar serias explicaciones a ningún sector social que se vea afectado.
Mientras tanto, las soluciones estructurales de base para el ámbito de la seguridad y la cultura, la necesidad de generar espacios seguros para la expresión artística, la discusión profunda coyuntural sobre las características de los espectáculos masivos, fueron siendo olvidadas.
Ciento noventa y cuatro muertes y el trastorno de tantas otras vidas, son manipuladas día a día junto con la opinión pública, persiguiendo intereses sensacionalistas de acuerdo a cada momento, enarbolando la bandera con la que sofocan todo posible análisis: lo urgente siempre supera lo importante.
La Condena de Caín
La principal característica que debían tener estos culpables era la de carecer de una base social fuerte que los defienda. Así fue como se eligió sobre quiénes recaer una fuerte condena, librando de culpa a su vez, a quienes contaban con determinado apoyo, sea éste político o social (en algunos casos siendo excluidos de la causa desde el comienzo de la misma).
Con este análisis no se critican las sentencias en sí, sino las verdaderas razones por las que fueron impuestas.
El fallo en particular puede ser discutido desde los valores morales socialmente instaurados o desde resquicios legales en el que sólo abogados y jueces pueden ahondar con comodidad. Sin embargo, parecería ser que el resultado final, en este caso, no está dado por ninguno de estos dos criterios sino por la búsqueda de demonizar a ciertos acusados en particular para que carguen con la culpa del caso y así saciar la reaccionaria necesidad de los medios de tener una personificación de la responsabilidad total del hecho y no tener que dar serias explicaciones a ningún sector social que se vea afectado.
Mientras tanto, las soluciones estructurales de base para el ámbito de la seguridad y la cultura, la necesidad de generar espacios seguros para la expresión artística, la discusión profunda coyuntural sobre las características de los espectáculos masivos, fueron siendo olvidadas.
Ciento noventa y cuatro muertes y el trastorno de tantas otras vidas, son manipuladas día a día junto con la opinión pública, persiguiendo intereses sensacionalistas de acuerdo a cada momento, enarbolando la bandera con la que sofocan todo posible análisis: lo urgente siempre supera lo importante.
La Condena de Caín
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